jueves, 5 de septiembre de 2013

LA BALANZA

 






Todo parece insuficiente.
Por más que luchamos por alcanzar felicidad comestible, felicidad de verdad... de la que engorda el alma. Por más que empezamos de nuevo el castillo de naipes -ya gastados por el uso-, adivinamos que ser felices hipoteca la sonrisa a largo plazo, que la baraja está incompleta, que el viaje de la vida va perdiendo en sus moteles las cartas que le sobran, las cartas que nos faltan, las cartas que nos dieron la oportunidad de seguir jugando y de seguir perdiendo.
Por más que luchar sea el camino, que busquemos la victoria a cada paso, la derrota nos sopla en la nuca y nos devuelve a lo real de la suficiencia que nos domina. Porque bastante es suficiente dicen,... bastante para qué: para comer, para gastar, para vivir. Hipócrita la balanza y miserable el peso que sostiene su medida. Bastante para nada, bastante para seguir engañándote a destajo, bastante tiempo malgastado, bastante mierda consumida.
Todo parece insuficiente porque nos faltan las ganas de antes, las ganas de gastar el tiempo en ilusiones que cumplir, en sueños... en años que cumplir. Y lo jodido es que en la foto todos sonreímos, todos nos besamos en las fiestas, todos nos compramos coches nuevos, y pisos nuevos -con su correspondiente ampliación de hipoteca o, lo que es peor, con el dinero del papá o del suegro, que pesa más que el del banco, porque el banco puede quitártelo, pero lo que nunca hará es echartelo en cara-. Todos navegamos con un rumbo marcado por la vela del cansancio.
Pero cuando encallamos en la isla equibocada, o el espejo, al mirarnos, nos enseña que no todo es como tú lo habias soñado, que no todo es como tú lo habías querido. Que las décadas se adueñan de tus canas, que el recuerdo es lo único que queda. Entonces es cuándo adivinas -a golpe de nostalgia- que la medida que en el peso se sostiene te entrega menos de lo que diste a la balanza. Que la sonrisa que adquiriste a largo plazo se perpetúa y se merienda tu solvencia. Pero de vez en cuando, alguna noche, en alguna habitación sucia y ruidosa con vistas a una gris gasolinera, te encuentras -debajo de la cama- el as que un día te faltó y que ahora no te sirve.
Por más que luchamos por alcanzar felicidad, nos olvidamos que la felicidad reside en la suficiencia de lo que tienes -inteligente el navegante que arrojó el amor por la borda-, en la suficiencia y en no necesitar más de lo que es tuyo.

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