jueves, 5 de septiembre de 2013

LA MOCHILA








Voy a contaros una historia.

Una historia de ángeles y besos,
de tiempos encontrados.
De niñas con coletas y mentiras.

Voy a contaros una historia de tardes a solas,
de sábanas frías,
de relojes marcando una hora tatuada
en un anochecer que no acabó nunca.

Fue en una ciudad
donde todo tenía el nombre que le daba la nostalgia.
Diciembre se acercaba como témpano,
y los tejados blanqueaban cenizas de un otoño triste.

Jaén, 1998:
un muchacho cargaba una mochila camino de un aula.

El crudo amanecer espabilaba su cansancio,
y se hacía mayor un niño que quiso ser hombre y amar,
amar -igual que amaban los hombres de las pelis-
a una mujer bella como un sueño.

Y llegó la mujer,
y llegó el amor,
y, con los días, cada invierno que pasaba
le comía un pedazo a ese sueño que él tenía
...mas nunca le besaron de verdad
a él que de verdad besó a tantas.

Ahora la ciudad calla y escucha:
escucha los suspiros en aquel baño universitario,
el tragín de la cafería,
los infieles jueves de pubs y besos turbios
-cadencia de unos años sin velas que soplar-.

La ciudad calla,
calla, escucha y no entiende
que un paseo por la calle Cerón duela tanto,
que hojear poemarios en aquella librería duela tanto.
Que el silencio de la vieja Catedral duela tanto.

Que todo se limite a una cerveza
en la plaza El Pósito a media tarde,
o a caminar por el Gran Eje
la noche de verano de un domingo cualquiera
-destápate, que ya nadie ve que me miras y sonríes-.
Que todo fuera tan banal como un viaje a Cádiz
-habitación 323. Hotel Yacht Club-
en pleno Marzo y a escondidas.

Pero en estas historias que no deben de contarse,
siempre existen palabras traidoras
que relatan verdades que no saben mentir.
Y no es aquel nombre de mujer,
ni aquel viaje a Cazorla con mapa y chimenea,
ni aquel beso en el Möet de otro y nunca mío.
Y no son los domingos sin calor,
ni las realidades inventadas para exprimir felicidad
de un imposible.

Nada -atiende bien-,
nada de eso pesa más
que la mochila que cargaba aquel joven camino de aquel aula
en ese año que nunca terminó:

una mochila tan llena de sueños,
de sonrisas de chicas sin coleta,
de relojes sin tiempo de pararse,
de historias sin besos y sin ángeles;
de ciudades distintas cada día
sin un nombre que ponerle a cada cosa
          -arrópate mi vida,
vuélvete y abrázame
que es verano y tengo frío-.

Una mochila tan llena de historias.
Historias vividas para no repetirse.


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