Me he equivocado muchas veces en la vida.
Me equivoqué al permitir el atropello
de un mundo que se ríe de ti,
que abandona tu cama y se entrega a cualquiera
que, en la noche más fría,
le susurre palabras que tu nunca aprendiste.
Me equivoqué soñando,
deseando ser hombre cuando niño;
pero es hoy que observo a un chiquillo
llorando en la ilusión de un hombre que no sabe sufrir sólo,
que no comprende lo banal del calendario,
lo real de su golpe,
la insensatez de dar cabida a su abandono.
Es hoy el campus una burbuja de agua en el desierto.
Los jóvenes estudian en el silencio de la biblioteca
-todo puede llegar a ser tan igual y tan distinto-.
Los jóvenes estudian,
y hay en sus miradas un brillo que no erradia ya mis ojos,
un brillo de ilusión por descubrir,
de ir haciéndose mayores
fabricando un futuro de trabajos bien vistos,
un mañana de padres orgullosos,
cumpliendo su deseo -o el de otros-,
cómplices de un presente que corre,
que se va,
que nos deja
plagando nuestros días de recuerdos,
a veces felices,
sin advertir
que todo lo que queda del día que huye
no deja de engendrar otra nostalgia,
y que el día que nace no es mas que la vida en si:
veinticuatro horas canjeables por un sueño.
Me equivoqué demasiadas veces. Demasiadas.
Y es que, con los años,
engañarse cuesta más,
como también el admitir
que uno va haciéndose mayor para muchas cosas.
Cuando el hielo te agua la copa
y la razón desiste en su empeño de econtrar coartadas
para pasar a admitir que vamos mediando el viaje;
que es la juventud un traje, desteñido por el uso,
que se nos quedó chico, o quizá grande,
y que excasean los retales que disimulen
los destrozos que adornan sus telas.
Cuando el hielo te agua la copa -decía-,
y las noches parecen ser más largas
y las resacas más insoportables,
adviertes que va importándote menos equivocarte
-que te importa una mierda equivocarte-,
porque dejaste de ser ya aquel muchacho
que estudiaba en aquella biblioteca,
porque dejaste de ser ya aquel muchacho
que esperó tanto. Que aguantó tanto.
Me equivoqué soñando,
y aquí me ves,
entre recuerdos de más,
arrinconando palabras.
Aquellas palabras que tú nunca aprendiste.
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