sábado, 12 de marzo de 2011




REQUIEM FOR A DREAM

Estamos en la casa de la muerte. Todo huele a viejo, y en su holor mohoso -como un disparo que no se sabe a quien alcanza- se disimulan realidades maquilladas por el tiempo. El tiempo, otra vez el tiempo... siempre tan ahí, paseando ante nosotros cual extraño peregrino.
Todo invita a hablarnos a nosotros mismos, a aquel que nos entiende desde dentro, que nos da la razón cuando nos falta. Estamos en la casa de la muerte. Nadie llama a la puerta por miedo a que le abran, a que le invieten a pasar.
Ya no valen las tachaduras en el folio, ni las vueltas de hoja -el tiempo, otra vez el puto tiempo...-. Ya no vale la pena deshacerse: nos ha encontrado,
ajados y desnudos bajo la carne de nuestro propio sinsentido, y no podemos esconernos. No sabemos escondernos.
Castigados con proseguir, pausamos el reloj de la misericordia para adelantarle una calle al mal que nos persigue, al ángel que nos precede... al dios que nos ignora.
No es palabra vacía la que te nombra, el único mensaje que no llena es el que no se dice, pues hasta la mentira repleta los bolsillos de humildad: la humildad que no merece quien pretende la meta de un carril equivocado.
No es palabra sagrada la que llama verdad a la fe: fiarse es doblar la rodilla ante la espera, y quien espera pierde algo que no le pertenece -la injuria de creerse mar a la deriva de un barco-.
Todo huele a viejo, como esta fea costumbre de decir lo que sentimos para callar lo que aguantamos y así ignorar lo que perdemos.
No es palabra vacía la que te calla. No es palabra vacía,
ni una vida es suficiente para escribirla.

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