No es más que eso: un discurrir asonante y frío que se desliza -como barco en la niebla- hacia una luz que te ciega y te convence, con su aureola de días... con su pespunte de sueños.
Y eso es la vida, la que te brindé, ausente de mí, a cada instante; la que decoro de harapos y cristales para cubrir verguenza y cicatrices; la que hace tiempo que no me pertenece.
Desde que he muerto, desde que rebenté en pedazos de ausencia, desde entonces, no soy más que esto: un adiós a la intemperie del tiempo.
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